La materialización de los sueños: “El nombre del mundo es bosque”.
El nombre del mundo es bosque es una novela de ciencia ficción de Ursula K Le Guin. Escrita durante la guerra de Vietnam critica, de manera visceral, como la misma autora admite, las barbaries de la guerra y de la naturaleza humana –el racismo, los prejuicios y la sed de poder–.
La novela se desarrolla en un planeta ficticio llamado Athshe, donde viven los Athsheanos, unos pacíficos, pequeños y peludos seres verdes que viven en el bosque. Desafortunadamente, unas colonias terrestres desforestan el lugar para llevar madera a la tierra y, en el proceso, esclavizan a los habitantes del lugar.
Sería muy reduccionista decir que Le Guin relata un simple reflejo de la realidad que se vivía a finales de los años 60s y principios de los 70s. La novela va más allá de la critica al racismo y la guerra –tema que se aborda desde los conflictos entre los colonizadores y los colonizados en Athshe–, pues cuestiona la naturaleza de los sueños a través de las athsheanos. Estos seres pueden iniciar y controlar sus sueños a voluntad, incluso, los usan para sanar. Más aún, para ellos no existe diferencia entre estar despierto y estar dormido.
El hilo conductor de la historia es el protagonista athsheano, Selver, que ha sufrido la muerte de su esposa en manos del capitán Davidson, y que planea liberar a su gente y salvar su mundo de manos de los terrestres: él tiene un sueño y planea hacerlo realidad. Después de haberse revelado contra los humanos, revela su plan independista a Coro Mena y a la líder del pueblo de Cadast, Ebor Dendep. En ese momento su gente comienza a llamarlo dios, que para ellos significa traductor, es decir, una conexión entre dos mundos. Y eso es precisamente en lo que se convierte Selver: en un dios que conecta el mundo de los sueños y de la realidad. En esta unión de los mundos que logra, radica una de las advertencias más importantes de la novela –que si bien es un cliché, por su contexto se siente fresco y relevante–: la realidad se ve alterada permanentemente cuando los sueños se hacen realidad, así que hay que tener cuidado. El sueño de los athsheanos es liberarse del yugo de los humanos y para lograrlo necesitan echar mano de la violencia, que nunca antes han utilizado. Al hacerlo, los athsheanos no volverán a ser los mismos y no podrán sacar la violencia de sus vidas nunca más: a través de su dios materializan e incorporan algo negativo a su realidad.
Si hay algo de lo que peca la novela es de lo estereotípico que es el capitán Davidson: es un personaje completamente maniqueo, no tiene contrastes ni complejidad. Fuera de eso, El nombre del mundo es una buena reflexión sobre la maldad humana y el poder de los sueños.
Potsovele